A mitad de los años ochenta, Nueva York se hallaba sumergida en un momento de enorme ebullición artística, entre los «neo» o el apropiacionismo, y una inesperada cartografía se iba organizando en torno a barrios donde todo lo nuevo pasaba, desde la mítica Alp-habet City –las avenidas A, B, C y D–, hasta el East Village o el Lower East Side. Justo entonces, en medio de aquella maravillosa explosión creativa, Andy Warhol publicaba América, cuya traducción se presenta por primera vez en español en esta edición facsímil.

Se trata de un libro fundamental, prodigioso en sus pensamientos premonitorios de un futuro que ha resultado ser muy semejante al momento presente, pues si América es básico para comprender los ochenta, resulta asombroso observar la actualidad de muchos de los temas tratados y, más aún, adivinar el compromiso social –y por eso político– de Warhol que las páginas traslucen. Se trata, así, de uno de sus escritos más radicales, una curiosa mezcla de reflexiones y fotografías, donde sobrevuela esa doble lectura texto-imagen que tanto interesa a Warhol y que retrata con acierto innegable la época de la cual participa, una vez más, en primera persona. De hecho, el libro, como el resto de sus publicaciones, es un trabajo de matices autobiográficos, los que definen también su ojo agudo y prendido de la cámara, alerta para captar el mundo; para captar esa América que adora y de la que se siente tan orgulloso y hacia
la que siente tantas ambivalencias.
Desde luego, América es todo lo que uno espera del país, en sus estereotipos más extendidos, y todo lo que uno no sospecha siquiera de ese país que Warhol entiende como nadie. América refleja sus obsesiones por la fama y el dinero, los viejos mitos de siempre, y esos nuevos mitos que se van creando en torno a la escena neoyorquina. Igual que en la auténtica América –aunque ¿se puede usar ese término referido al contexto warholiano?–, los opuestos se mezclan entre las páginas, se subrayan y se borran porque, al fin y al cabo, el texto de Warhol tiene mucho no solo de autobiografía o testimonio de época, sino de diario de viaje, aquel que reenvía a la idea mítica de «buscar América» –clásica para la generación beat–. El libro completa, además, una imagen abierta del país, escrita, eso sí, siempre desde Nueva York, a través de los ojos de un neoyorquino –de adopción en su caso, pero neoyorquino al final– que admira fascinado California, el lugar pop por excelencia que se va manifestando cuanto más al oeste se viaja, comenta; que anhela la vida al aire libre de Montauk, pero que necesita volver a casa, a esa ciudad llena de sorpresas y en la cual todo era posible durante aquella época dorada para la experimentación. Aunque no solo. En su juego sofisticadísimo, bajo la máscara eficaz de un lenguaje anodino que da a la narración ese aire de comentario irrelevante que el autor persigue, América termina por ser una especie de extensión de la propia Factory, el particular plató –y no solo en sentido literal,
que también–, donde Warhol fabricaba a sus personajes, esos «famosos de cuarto de hora» que lo eran porque él los había tocado con su varita mágica y que lo seguían siendo mientras duraba el interés de la inteligencia poderosa del artista, a veces poco más que esos quince minutos de popularidad a los cuales en el futuro, decía, todos tendríamos derecho. En la Factory, los «famosos inventados»  por Warhol convivían con los «famosos de verdad», para acabar por mezclarse, como en las páginas del libro, y borrar las diferencias entre realidad y ficción, auténtico y falso, hilo conductor de estas reflexiones y en general del trabajo del artista. Todo se termina por mezclar en América, como en América seguramente, y el testigo de excepción que Warhol resulta ser, dueño de esa mirada de época que pocos como él tuvieron, los mezcla y los confunde como un todo único, sin jerarquías –ocurría en la cotidianidad de la Factory–. Esa es la clave de los escritos de Warhol en general y de este libro en particular, y hasta la clave de sus propuestas: las jerarquías desaparecen o, mejor aún, se proponen unas nuevas y asombrosas jerarquías.

Luchadores de lucha libre, viejas estrellas, deportistas, políticos, actores, gentes sin techo que deambulan por las calles…, encuentran su lugar entre estas páginas que, igual que ocurría en el Nueva York de los ochenta, dan cobijo también a los que sin dinero son capaces de codearse con la fama a través de su «buena pinta», cualidad que les permite vivir con muy poco. Planeando sobre todos ellos, en América aparecen dos temas clásicos de Warhol: el amor y la muerte. Sobre el primero, propone algunos consejos prácticos para encontrar la media naranja a través de un planteamiento que no puede fallar: lo ha aprendido en un concurso televisivo. Respecto a la muerte es tan cáustico como siempre: ¡pasarse la vida tratando de no depender de nadie y acabar no pudiendo ocuparse de uno mismo después de muerto!

Y en América se habla del cine, de las infinitas bebidas que ofrece América; de la democracia implícita en un Tab: por mucho dinero que se tenga, no se podrá comprar un Tab mejor que el de la mujer sin techo. Y se habla de la televisión y las frustraciones que genera entre los que no tienen una vida de televisión; televisión donde por cierto, e igual que ocurre ahora en los abundantes programas del corazón, se crean sin cesar «famosos de cuarto de hora». Aunque el Andy ambivalente, y casi crítico hacia aquello, que ama –lo democrático de América–, que sobrevuela este libro, agudo y di-vertido, es quizás lo que más fuertemente llama la atención, a pesar de parapetarse el autor tras el comentando estilo frío, casi banal, irónico sin duda, que le sirve de impecable tapadera para no dejar vislumbrar la profundidad de pensamiento que al fin y al cabo tiene toda su obra –a menudo Andy Warhol tiene algo de artista trágico–. De hecho, y hasta cierto punto igual que Mi filosofía de A a B y de B a A, frente a POPism y Diarios, que tienden a ser más  descriptivos, menos profundos en el pensamiento
–sobre todo el segundo–, América deja vislumbrar un Warhol  preocupado por los asuntos sociales y hasta claramente inscrito en la crisis económica de mediados de los ochenta del XX.

De esta manera, junto a sus temas clásicos aparecen cuestiones de una sorprendente actualidad, como las ligadas al desempleo, la in-migración, las personas sin techo, la idea de la exclusión como causa exclusión y posibles formas de paliarla, los altos precios de los alquileres, el modo en que se trabaja para pagarlos..., jugando a re-ducir sin embargo los problemas a ese territorio del absurdo, tan Warhol, a ratos casi frívolo, como estrategia de camuflaje. Y es aquí donde vuelve a surgir la ambigüedad, pues, pese al modo de contar, con la inmediatez casi de un programa televisivo, es sabido que, en lo que se podría llamar su vida «real», Warhol estaba impli-cado en cierto trabajo social: en días señalados servía la comida a las gentes más necesitadas. Luego, de pronto, el futuro aparece en las páginas de América y lamenta que ya nadie crea en él. Se presenta, así, un Warhol muy diferente al del resto de sus textos y no solo por el poder inmenso de las fotografías que contribuyen a establecer una complicidad enorme con el lector y ayudan a acercarse al Warhol documentalista, quizás el menos conocido y hasta el menos estudiado. Tan agudo y divertido como Mi filosofía..., antes citado, América llama la atención por su vigencia, pese a que tal y como se anunciaba, Warhol se camufle tras su na-rrativa a veces frivolizante. Por este motivo, en la traducción se ha optado por mantener, en la medida de lo posible, el lenguaje plano y hasta repetitivo del texto original, con el fin de preservar la espléndida tensión narrativa entre lo que se dice, cómo se dice y el giro repentino que dan el lenguaje y el relato para no llegar a ponerse jamás demasiado trascendentales. Pese a todo, América, como la obra de Warhol en su totalidad, desvela una inteligencia y una mi-rada contundentes, modernas, perceptivas, las de este trabajador infatigable que «trabajó» su celebridad y que en un pasaje de América explicita de forma clara lo que otra vez se lee como auto-biográfico: cuando se ve a alguien muy famoso nunca se piensa en el enorme trabajo que hay detrás. Pero no se trata de trabajar para ha-cerse famoso, sino de hacerse famoso por todo el trabajo que se ha hecho: en pocas palabras es lo contrario a los «famosos de cuarto de hora» que, por cierto, tanto abundan hoy en día. Quizás Warhol, a su modo un personaje moralizante, encarna como nadie ese planteamiento –la fama fruto del trabajo y no el trabajo para al-canzar la fama– y este libro lúcido así lo prueba.

América, Andy Warhol. Texto de Presentación y traducción del inglés de Estrella de Diego. (Edit. Siruela. El Ojo del Tiempo).

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