Según Roland Barthes, no hay recuerdo que pueda reproducirse fielmente. Muchos son los elementos que obstaculizan el camino. Desfiguramos nuestros recuerdos, los dilatamos, mentimos inconscientemente, manipulamos lo que tomamos por memoria, describimos una verdad que nunca ha existido y continuamos viviendo con todo ello a cuestas. Era yo un joven de unos veintiún años, que aún no conocía España, cuando visité el Museo del Prado por primera vez.

Cascos alemanes, ese fue el primer misterio con el que me enfrentó el país. Los soldados de Franco parecían alemanes en una obra dramática equivocada. Vagué por aquellas grandes salas del museo entre el extremo poderío del arte español y contemplé por primera vez las pinturas de Velázquez y Zurbarán, sobre quienes escribiría más adelante. Aunque en realidad no sé si las vi de veras. Cascos alemanes. El insolente silbido con que se llamaba a los camareros, un sonido inconcebible en mi país, al igual que las palmadas con que se avisaba de noche al sereno que en su gran manojo de llaves guardaba también la de mi pensión. Y entre todas esas primeras experiencias, destaca esta: aquel cuadro que de alguna manera tenía que ver con mi país, un carro de heno, o tal como sé hoy, El carro de heno, la obra que esta semana, sesenta y un años después, he vuelto a ver en el Museo Boijmans van Beuningen de Róterdam y que ha sido prestada por el Museo del Prado. ¿Reconocí el cuadro? ¿Era el hombre de ochenta y dos años capaz de ver lo que aquel joven de veintiún años había visto en ese pasado ya inimaginable? Según cuenta Plutarco, Heráclito sostuvo que es imposible detenerse dos veces en el mismo río. El agua en la que uno se mete por primera vez corre y sigue su curso. La segunda vez que uno se baña en ese río, el agua ya no es la misma. Yo siempre he interpretado ese aforismo de otro modo: no solo es el agua la que cambia, también cambia uno mismo. Aquel que en 2015 contempla El carro de heno conserva el mismo nombre y el mismo cuerpo de entonces. Lo del cuerpo es un decir. Como quiera que sea, él sigue llamándolo «su» cuerpo. También la obra ha conservado el mismo nombre. De modo que sesenta y un años después él contempla de nuevo el mismo objeto material hecho de madera y pintura, una tabla pintada por el anverso y el reverso. ¿Qué ha cambiado entonces? Ha transcurrido más de medio siglo y me pregunto si soy capaz de mirar con los mismos ojos que entretanto han visto tantas otras cosas. ¿O acaso veo otra pintura ahora que ha cambiado mi forma de mirar? Y si eso es así para mí, ¿cómo lo perciben mis contemporáneos? ¿Acaso ven ellos la misma pintura que Hieronymus Bosch vio en su taller cuando decidió que había concluido su obra? ¿Qué tienen en común un escritor del siglo XXI y un pintor del siglo XV? Los dos proceden del mismo país, pero ¿se entenderían hoy si pudieran conversar? Intentemos leer la poesía mística de la poetisa medieval Hadewijch de Amberes o la obra del beato Jan van Ruusbroec, ambos anteriores al Bosco, aunque seguro que él los conoció, y comprobaremos con qué muro lingüístico podemos toparnos. En ese mismo viaje de 1954 debí de ver también El Jardín de las Delicias, pero ahí el recuerdo concuerda, y no quiere recorrer ese largo camino en el tiempo. No fue hasta muchos años después, en una época en que intentaba escribir algo sobre Las meninas y me había ocupado por primera vez de Zurbarán y sus monjes, cuando descubrí el misterio de aquel jardín y sus delicias, un misterio que entonces no fui capaz de resolver como tampoco ahora, que he tenido la ocasión de estar tan cerca de él que podría haberlo tocado. ¿Tiene eso alguna importancia? No lo creo. Una de las frases más memorables que le debemos a Harry Mulisch es «lo mejor es acrecentar el misterio», y la verdad es que en los últimos tiempos se me han brindado muchas oportunidades para ello. Fue a principios de este verano cuando el Bosco me asaltó, literalmente, en forma de una carta del Museo del Prado invitándome a colaborar en un documental sobre el maestro neerlandés, que en 2016 es homenajeado por cumplir el medio milenio. Junto con la invitación enviaron un libro de Reindert Falkenburg, The Land of Unlikeness, que contiene un gran número de reproducciones detalladas del Jardín de las Delicias y un texto que plantea una o varias posibilidades de exégesis. Una obra muy erudita, académica y a veces incluso teológica. Leí el libro, admiré los conocimientos del especialista y al mismo tiempo eché de menos a mi anterior «yo», capaz de contemplar ese extraño tríptico sin ningún equipaje. En esa misma época me escribió un amigo americano, a quien le había comentado mi futura aventura en el Prado, recomendándome vivamente la lectura de un libro de Wilhelm Fraenger de 1975. También este libro contenía reproducciones desplegables, algunas en blanco y negro, lo que curiosamente intensificaba para mí la brutal naturaleza onírica de las imágenes. Acepté la invitación, pero decidí primero tomar un vuelo desde la isla española en la que vivo a Lisboa para ver el tríptico de Las tentaciones de san Antonio.



Extracto de El Bosco. Un oscuro presentimiento (edit. Siruela), de Cees Nooteboom (La Haya, 1933), Premio de las Letras Neerlandesas, 2009. Traducción del neerlandés de Isabel-Clara Lorda Vidal.

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